Sonia R. Baldárrago

Por su persistente mirada hacia abajo, me recuerda al cerdo, aunque es millones de veces más ligera. Por su forma, me recuerda a la tortuga, aunque es largamente más rápida. Su cuerpo de seis milímetros de largo parece estar sujeto a un cronómetro. Una misión.

Suben y bajan siete niveles de un edificio verde: el apio. Multiplicado por sus dos ramificaciones en realidad son 14 tallos.  El apio parece ser la Casa Blanca en Washington o el Palacio de Buckingham de la reina Isabel. Husmean cada hoja. Arriba y abajo. Cada inflorescencia en forma de sombrilla rota. Arriba y abajo. Suben cada tallo y le dan vueltas y vueltas. Sus pequeños cuerpos no les impiden llegar al siguiente nivel. Saltan o vuelan desde la copa del apio, emitiendo un ligero “grrrrr” como si fuera el primer arranque de un helicóptero. Rastrean hasta en las diminutas florecillas del tamaño de un punto ortográfico. Desde la mañana a la tarde no hay más que moscas esporádicas. No hay insectos más pequeños que las mariquitas.

Pero hay dos pausas en su vida agitada. La primera es para sentir el sol desde la cima del apio, donde están por cada ramito unas 30 a 50 semillas. Desde allí atrae no por sus tonalidades medio rojas o medio anaranjadas. Sino por sus puntos negros, similares a varios ojos brillantes que desvían la mirada. Que marean. (Figura 1) La segunda pausa es para copular, para dejar descendencia. Para demostrar su fuerza. En ese momento, se prende de la hoja y evita caerse. Transcurre un minuto, dos, tres. Parece un terremoto. Como un tsunami que lo ladea con intensidad. Un tercero se ha subido. Es confuso. ¡Quién es hembra? ¿Quién es macho? Qué importa ya. De alguno habrá herencia para cuidar temporalmente al monumental apio.

Es enero. Algunas gotas han caído. El apio está joven, destilando un verdor incandescente. Las mariquitas no miraron al maíz. A las habas. Al rocoto. Al tomate. A la menta o a la hierbabuena. Miraron al apio para ser sus fieles guardianes, mientras esté de etiqueta verde. Mientras esté de estreno.  Pronto es marzo, el apio se ha tornado dorado. Amarillo. La misión se ha cumplido. En cada nivel se cuentan miles y miles de semillas doradas. Las mariquitas ya pueden marcharse. También han asegurado la descendencia del apio.

Figura 1: Diversidad de cantidad de puntos por cada mariquita.
Mariquita de huerta, limpiando al apio del pulgón verde y otros insectos que puedan propagarse como plagas./Foto: Sonia R.Baldárrago

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